Domingo libre.


  Llega el domingo, te despiertas y no tienes que ir a trabajar. Después de 18 años trabajando casi todos los domingos  te viene a la cabeza lo que llorabas por tener alguno libre, por coger la mochila, la cámara, un bocata e ir a explorar... Perderte casi siempre, pero no importaba porque acababas llegando, y  por el camino solías descubrir algo interesante.


Maldecir el peso de la mochila y quejarte porque siempre metes demasiadas cosas que luego no necesitas, pero ¿cómo me iba a ir a hacer fotos sin flash, pilas, filtros mil, disparadores, 2 navajas, una brújula, un buen arsenal de tiritas, cargadores, baterías y demás parafernalia?


Protestar en  las grandes cuestas y a la vez sentirte  libre, feliz y  emocionada por las preciosas fotos  que van llenando tu tarjeta.


Esperar los atardeceres, observar el cambio de las nubes, ver como el cielo cambia de color... La magia de la naturaleza.




        Olvidarte del cansancio, del frío, del dolor de pies...¡vivir!





 Y si tenías suerte acabar el dia viendo anochecer en alguna playa preciosa, de esas de las que tanto abundan en Asturias.





Pero mis domingos ya no son así, ahora los tengo todos libres y me los paso de la cama al sofá, con la barriga llena de analgesicos porque ya tome la decisión de que o se me quita el dolor o me enveneno...

 Solo me queda soñar con próximos domingos llenos de excursiones, fotos y discos duros llenos a reventar.

Ya lo sé, no me lo digáis "Nunca llovió que no parase", pero a veces el pataleo también alivia un poco la carga.

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