martes, 30 de abril de 2019

La otra mirada


El asiento, elegante e incómodo, que daba mal acomodo al cuerpo, hacía que la postura forzada agrandara más el dolor que desde hacía algunos días aguijoneaba al anciano.
La multitud de detalles hogareños que pueblan las casas de la llamada “clase media” sumiéndolas en un transcurrir del tiempo y del espacio diferentes, el cansino reloj de pared que daba pausadamente, casi quejumbrosamente los cuartos, las medias, las horas, la acostumbrada siesta, hacían una conjuntación propicia para la ensoñación.
 El anciano siente frío y se tapa las piernas con la manta de lana de distintos colores hecha por su esposa en los ratos perdidos.
Ratos perdidos…
 ¿Acaso la vida no es una sucesión de tiempo perdido que intentamos llenar de contenido? ¿Acaso…?
 El anciano mueve la cabeza. En fin, ¿qué esperar ya de la vida? Una losa fría, un cuerpo yerto, un pedazo de tierra que aprisione su tiempo, indefinidamente…
 Unos deudos desolados que disputen sus propiedades, una esquela y una nota laudatoria en el periódico local.
 El médico no se había andado con chiquitas; nada de esfuerzos, nada de disgustos, ningún sobresalto; sólo aguantar estoicamente los achaques de un cuerpo decrépito. Su corazón estaba muy gastado. Una serie de tecnicismos que no había entendido. Unas frases en voz baja que quisieron ser consoladoras. Y los consabidos tópicos.
 Y adormeciéndose así en su desamor una frase, nítida y clara que se graba con fuerza en su mente: “recordar es también olvidar”.
 Si, él, un anciano enfermo y ceniciento había sido alguna vez, niño. Pero ¡milagro de la memoria!, se le había olvidado y había dejado de serlo.
 Medio adormecido, el anciano fija su mirada perdida en la pantalla que dejaba traspasar una luz mortecina y tenue a tono con todo lo que le rodea.
 Y el sentido de la medida del tiempo se le disloca como en una frenética danza de sombras chinescas, donde cada imagen tiene un sentido que se le revela de pronto.
 Veía a su madre, tan cercana, tan aprehensible ahora, como clavándole de nuevo aquella mirada gris, envuelta en su aire sucio, con sus manos opacas de tanto lavar ropa ajena, para llevar a casa unas pesetas con qué poblar la escuálida mesa rezongando con voz áspera: “cría cuervos…”
 En su mundo infantil había brillado toda ausencia de tutela. Había sido en cierto modo una niñez huérfana de autoridad. La sombre de su padre, al que nunca conoció presidía la casa desde un retrato negruzco por los humos de la cocina, con unos enormes bigotes que le hacían parecer más fantasmal aún.
 Su madre, por otra parte, naufragando siempre entre cacerolas humeantes, entre pilas enormes de ropa sucia y entre no sé qué especie de medicina mágica que tenía un sospechoso olor a ajenjo. Y él, en las esplendorosas tardes de otoño, de un otoño cualquiera, dueño de las callejuelas del pueblo, ejerciendo un incipiente liderazgo entre una pandilla de desharrapados pilluelos, temerosos de sus ojos garzos, agazapados entre su rebeldía que no temía a nada.
 Un banco y un pupitre sucio, medio pintados de un gris azulado. Es curioso como podía verse ahora a sí mismo, con enormes ojos abiertos, por los que entraban como luciérnagas fugaces, números, teorías, historias de paisajes lejanos, cosas de las que se burlaba un poco pero que sin embargo le dejaban algo perplejo, como si presintiera que más allá del mundo palpable de las sensaciones había otro quizás inasequible.
 La figura pálida y enjuta de Don Honorio, el maestro, ahora distorsionada en la sombra, en el recuerdo, a través de la pantalla que prosigue su desfile en un viaje hacia el pasado.
 Don Honorio, quien de vez en cuando le daba un bote de leche en polvo o un paquete de caramelos.
 Don Honorio, cuyas gruesas gafas ponían muralla a la ternura que le desbordaba los ojos y que a veces posaba su mirada en él, como al descuido, con una especie de lástima, con un algo que él no sabía descifrar, pero que le molestaba; era como si el maestro tuviera el secreto de algo muy recóndito, muy profundo que se relacionara directamente con él.
 Y como respuesta buscaba siempre la broma pesada, el comentario sarcástico y hasta la burla despiadada. Sin embargo, toda esta explosión de sentimientos hostiles no parecía hacer mella en la persona de Don Honorio; siempre aquella maldita mirada reverdeciendo por entre las gafas, atrincherada tras los gruesos cristales…
 Luego, el tiempo que transcurre, la vida que sigue su curso inexorablemente, el pantalón largo, él mismo, adolescente, largo y flaco, con sombra de barba, a quién el mundo parecía venirle estrecho. El mismo girando también en el recuerdo de su juventud ya olvidada. Época de sentimientos contradictorios, conflictivos. Amigos de paso que se conocen un buen día y al siguiente ya no representan nada en tu vida. Un amigo que se hace un poco más íntimo, que desborda conocimientos ignorados hasta entonces. Secretos que se susurran a media voz, quizá para hacerlos más grandes. Callejear por la ciudad, asomarse a un mundo deslumbrante. Dinero fácil que se gasta fácilmente.
 Y de pronto una nube en el horizonte despejado de una época de soñar despierto. Algo que le pone de nuevo los pies sobre la tierra firme: 
-Se necesita dinero. Tenemos que dar un “golpe”.
-Juanjo, no puedo. Si mi madre, la pobre, levantara la cabeza…
Y el miedo atenazándole la garganta, un miedo visceral, atroz.
 Intentar poner defensas por el medio. Aquel trabajo del garaje, cuentan conmigo.
 Después de racionalizar la situación, racionalizar el miedo como pudo vagamente: el dinero era bonito. ¡Y qué satisfacciones daba! ¿a qué negarlo ante él mismo? Pero convertirse en posible carne de presidio…
 Juanjo había reaccionado bien, después de reflexionar unos momentos, frunció el entrecejo con ademán de “duro” de película, había dicho solamente:
-En fin, chico, la vida es como un tren, o te subes o te quedas en tierra…
 Y se quedó tan ancho, sin percatarse de cuanta filosofía encerraban sus palabras.
 Adolescencia, juventud, que pasan fugazmente y que no nos dan la oportunidad del billete de vuelta, porque en nuestra capacidad de recuerdo está igualmente nuestra capacidad de olvido. Si no fuera así ¡qué bello poder regresar a una estación grata de nuestra existencia!
Juventud… Flora….
Flora, la joven que había sido su gran amor, su refugio de horas lentas, densas, la llave pequeña y alargada, que le había abierto la puerta a tantas sensaciones bellas. Flora, que se le abrió ella misma, como una enorme ventana a un horizonte de luz, a un cúmulo de rosas y estrellas. Flora de piernas largas, de vientre plano, de brazos como enredaderas plenas de rocío…
 La noticia del hijo que esperaban, los días que siguieron, días de zozobra. Casarse en su situación no formaba parte del juego. Al fin unos sucios billetes que lo arreglaron todo, que dieron un nuevo muerto al mundo.
La sombra de Flora también distorsionada en el recuerdo… Más tarde la guerra. Enfrentamiento armado de las seculares dos Españas. El fantasma apocalíptico ciñéndose sobre él. Coraje y rabia que se desgarra, hermano contra hermano. Y él sintiendo de nuevo protagonismo y responsabilidad. Su borrachera del vino malo, su naufragio interior, su derrota privada, su propia capitulación. Y esta vez con los ojos ahítos de España posados en él con lástima…
 Luego al fin, la madurez, que se afianzó en él, que puso un ancla en su vida ya para siempre.
 Carmen su tabla de salvación.
 Carmen, la mujer hogareña, amable, con una renta no muy grande, y con un padre que le puso un empleo en un banco por la puerta grande. Carmen, que le había llenado la casa de encajes, hechos por ella misma, que estableció una cadena invisible de normas y obligaciones, de comidas a la hora, de tisanas anisadas y de edredones de plumas en la cama matrimonial.
 Carmen, que le saturó de hogar y burguesía, que supo afianzar bien el ancla, para que el buque de su vida no soltara más amarras. Carmen que siempre se lamentaba de no haberle dado un hijo, pero le hizo sin embargo prendas de punto que le calentaban el pecho, los pies y le adormecieron el corazón.
 La buena y Santa Carmen…
 Así arropado en el confort del una vida gris y monótona, sin nada que pudiera salir de la norma, de la ley, de la moral vigente, había dejado gastar su corazón, había dejado gastar su vida, fútil, inútilmente.
 El anciano no sabe el tiempo transcurrido. Las sombras y las imágenes se van yendo poco a poco: Flora, el amor perdido para siempre, la puerta de la felicidad que el cerrara. Flora, de brazos como enredaderas, a cuya sombre hubiera podido perderse.
 Juanjo, la juventud, la aventura, la vida a borbotones, el río por donde hubiera podido navegar…
 La guerra, la propia derrota, un eslabón jamás recuperado…
Y le queda solo la voz de Don Honorio, un poco severa, con tintes de dulzura, como antaño, pero esta vez en un coloquio mudo e íntimo:
 “Hijo mío, cuando ibas a la escuela ignorabas casi todo. Yo sin embargo te reconocí enseguida como una cierta clase de espécimen humano. Sabía que ibas a escoger la estación ancha y cómoda del parásito. Como decía tu amigo Juanjo, la vida en un tren siempre en marcha que nunca pasa dos veces por la misma estación”.
Te has olvidado, que cualquier vía es más honrosa que la existencia regalada y gris de quienes no son capaces de entregarse a cualquier causa, sencillamente a cambio de nada, únicamente al del placer incomparable de sentirse útil. Y ser útil es también sentirse vivo.
Ahora, al final de tu camino te espera la estación definitiva. Verás toda clase de viajeros que abandonan el tren. Aventureros, amantes, ladrones, revolucionarios, sabios, santos pecadores. Pero hasta tu mismo quedarás sorprendido, al contemplar, con una mirada ya diferente, con la “otra mirada” de la especie humana, que desgraciadamente está representada con más densidad es la tuya, la de la gente que se durmió un día atada, amordazada por los poderosos lazos de la mediocridad.

 María Teresa García Arribas

© Todos los derechos reservados.


lunes, 29 de abril de 2019

El leñador.



 Esta es la historia de un hombre sencillo, como sencilla es y ha sido su vida, y sencillas han sido siempre sus aspiraciones y creencias.

 No era un  hombre de letras, sin embargo gustaba de leer cosas entremezcladas que le hacían sentir algo placentero y desconocido.

 Pasó por la vida sin hacer ruido, sin dejar una huella profunda, marcando su propio camino a fuerza de golpes y decepciones. Solamente es conocido en el círculo de su pequeño pueblo, entre gentes como él.

 Tuvo una juventud atolondrada y loca, alegre, fuerte y ruidosa, hasta que un buen día se dio cuenta de que esa juventud esplendorosa se había quemando en aras de unos ideales falsos y se encontraba con polvo entre las manos.

 La herida de la guerra permanecía abierta en él.  En su mente permanecía la lucha fratricida de una masacre entre hermanos que no había logrado terminar con el mito secular de las dos Españas, que coexisten híbridamente.

 Y se dio cuenta de que su mundo, el que se presentaba ante sus ojos, no era el mundo que él soñara para sí en sus deshilvanadas fantasías, donde se barajaban mil sensaciones no definidas.

 Llegó el día en que, quemado prematuramente se enamoró de una mujer buena, como suele suceder una vez en la vida y sin pensarlo dos veces se casó con ella.

 El soñaba con un hijo, que fuera algo así como una continuación de sí mismo. Esta era la ilusión que guardaba más dentro de sí y dentro se le quedó pues sólo tuvo hijas. La emoción que sentía al mirarlas jugando por la casa, aletargaba aquella ilusión primera.

 El amor y la pasión de los primeros años de matrimonio se fueron apagando poco a poco hasta convertirse en cenizas, quedando un leve rescoldo que a penas bastaba para calentarse. Y paulatinamente se fue apagando también su impulso motriz ante la vida.

 Concentró, entonces, su vida en el trabajo. Amaba la madera, su olor, el aire libre y las hierbas de los caminos agrestes por donde solía transitar. Conocía muchas cosas de la naturaleza y su innumerables secretos y principalmente sobre los árboles, y cada día aprendía más cosas. Se remontaba a su primera infancia campesina, cuando iba "a la yerba", y luego comían todos alrededor del heno recién segado, en grata compañía y amable conversación. Luego, la casona sola, de piedra, que decían haber construido sus propios abuelos cuando se casaron.

 Le gustaba talar árboles quizás como una extraña manera de compensar su frustración, viendo como aquellos gigantescos troncos caían a sus pies, a golpes furiosos de hachas y, a veces los contemplaba caer suavemente, dándole así una agradable sensación de superioridad. Luego el serrar los troncos, el hacer tablas de madera de aquella madera que en sus manos se convertía en algo vivo y con significado propio.

 Solía contar a sus hijas deliciosos cuentos, como  aquel que trataba de un pequeño madreñero, todo esto matizado por el suave olor a serrín que él mismo desprendía. También durante la seronda, le gustaba enseñarles como las hojas caían suavemente alfombrando el suelo e intentaba transmitirles un poco el amor a las cosas de la naturaleza.

 Y así iba sintiéndose útil.

 Le resultaban igualmente agradables las tertulias reposadas de los amigos, donde se jugaba a las cartas y se bebía un vino levemente "peleón" que le calentaba el corazón y le hacía trizas el alma. Todo esto hacía arder en él aquellos viejos rescoldos  y entonces llegaba a casa aterido en busca de ese calor que tanto necesitaba.

 Sin embargo debió llegar a la conclusión de que  lo que tenía no le bastaba y se fue encerrando más y más en sí mismo.

 Y guardó para sí sus mejores tesoros: el anhelo del hijo no tenido, su lejana infancia no perdida por completo, antiguos amores, como el de aquella enfermera alemana que le alentaba en los agrios días de agonía, cuando lejos de su patria y de su hogar, aguardaba la muerte en un perdido hospital, fuera de todo contacto con el resto del mundo, con todo lo que no fuera sangre y sufrimiento.

 Nunca dejaba de rezar cada noche a un Dios que, aunque casi siempre le fallaba, no por eso dejaba de creer en él, agarrándosele con la fuerza de su ingenua y profunda fe.

 Sus hijas fueron haciéndose mayores. María que siempre se le había parecido un poco, al crecer y conocer el mundo, dejó de creer en casi todo con una especie de hastío y se marchó del hogar buscando otras motivaciones.

 El tuvo entonces la vaga idea de que la  había perdido y a pesar de su hombría lloró al verla tan distinta a como él la había imaginado.

 Pasó por muchos más avatares en su existencia, y más desengaños aún. Pero siguió confiando en todo y todos.

 Sus últimos años, son ahora de serenidad, la serenidad  que da la experiencia. El conocimiento de que su conciencia estaba satisfecha y de que se hallaba en paz con todo.

 Y por fin sus nietos, que le devolvieron el encanto tierno y cálido de la vida familiar, y en quienes encontró el calor para su alma.

 En esta paz y en esta seguridad piensa que, al igual que ahora descansa sobre un bastón de madera, llegará el día en que descansará entre las tablas de una modesta caja de madera, de su querida madera, que será de castaño o quizás de roble, y se llevará consigo ese secreto  que todos llevamos  dentro y que en él era como un profundo misterio.

 Como no cabe duda de que dentro de su modestia se esconde un alma grande y generosa se merecía tener otra vida en las cercanías de ese Dios de cartón-piedra en el que depositara tanta fe y que así gozase y riese eternamente.

 Pero ese recuerdo lo dejará cuando se vaya, será tan hondo que permanecerá por mucho, mucho tiempo..


María Teresa García Arribas


(Y así fue, es y será por siempre güelito)





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domingo, 28 de abril de 2019

Mi aventura será tú porvenir, hija



Se me agolpa el aire en los pulmones
hasta oprimir mi pecho dolorido
y me entra la vida a borbotones
al pensar en ti, hija.
Has llegado presagiando primavera
a un otoño desnudo y moribundo
deshojado, desarraigado y frío.
Como un fruto temprano, henchido de frescura
has llegado, hija.
Y es otro ya el paisaje aquel,
ya el rescoldo de la hoguera
revive, me caldea y colorea
todo mi entorno gris y entorpecido.
Ya mis manos
aprietan el arado
de fuerza y vida henchidas,
trazan un surco nuevo, removiendo la tierra
para que tú la encuentres nueva, hija.
Y he de sembrar en ella
un vergel soleado, con gotas de rocío
peinadas por el viento del sosiego
hecho de tantas lágrimas que regaron mi vida
y que hoy tienen sentido.
Que yo cada mañana, he de parar al alba
para pedirle que te acaricien nubes
luminosas y cálidas. Y también he de pedir
al sol de cada día, que las flores
que tengas cada tarde se te abran tibias,
y cuide que los pinchos de sus rugosos tallos
no hieran la inocencia de tus felices manos.


© María Teresa García Arribas.

viernes, 26 de abril de 2019

Un mar violeta oscuro.


Hace tiempo que no leía un libro que me calase tan dentro...

<< ¿Cómo se atrevió a abandonarme muriendo tan joven? Ya sé que resulta absurdo e injusto acusar a nadie de morir antes de tiempo, pero la desaparición prematura de una madre puede generar dudas angustiosas. ¿Se marchó porque hice algo mal? ¿No era yo más importante que todo eso? >>


<< Volvió a asediarme el deseo de reconocerme a mí misma en Caterina, como si lo que buscaba en los detalles de su cotidianidad fuera algo, un indicio, cualquier cosas que me hiciera semejante a mi madre y me ayudara así a reconstruirla a través de lo que  yo he sido y soy. Pero quizá me equivocaba y todo era justo al revés. ¿Seré yo lo que ella no llegó a ser?>>


<<Alrededor, el tiempo. Misterioso, intrincado, que con sus marañas desdibuja los límites de las personas. El tiempo ocupado en reconstruir desde el mito una historia verosímil, en crear una versión tolerable de mis criaturas familiares que ponga fin al diálogo con una madre a la que casi no pude conocer.
 ¿Cómo puedo saber quién soy si no sé quién eres tú?, me había preguntando mil veces. A lo largo de los años he sido tu hija, tu amiga, tu madre. He pasado de adorarte a detestarte, de tenerte siempre presente a ignorarte. Y he recorrido también el camino inverso. De hacerte culpable de todas mis desdichas, a responsable de mis aciertos. Te he soñado, te he leído, he observado tus fotografías hasta casi comérmelas, pare reconocer cada lunar, cada gesto, cada mínima expresión. Sé cómo te maquillabas, cómo te vestías, qué leías, qué comías, qué películas te hacían reír o llorar, qué hombres te gustaban. Sé ya hasta cómo querías que te hicieran el amor. Lo sé todo, excepto quién serías ahora. ¿Cómo habrías sido conmigo, con mis hijos, con mi marido? Te he superado en edad, en experiencia. He viajado, he conseguido subirme a un escenario, he dado a luz a dos niños preciosos, he encontrado al hombre exacto, he cumplido con el propósito de escribir. Y todo esto solo porque tuve el tiempo que a ti te faltó.
 Ahora, estas líneas repletas de medias verdades, de verdades enteras, de figuraciones, de posibilidades, sirven para recuperar las horas perdidas, las que no pudimos compartir. Qué mas da que se conviertan en otra gran mentira dentro de nuestra mentira, la tuya y la mía. No importan las mentiras si este relato, al rellenar todos los espacios en blanco, nos devuelve ese tramo de vida que te fue negado. Así, mientras tú tomas una primera bocanada de oxígeno, yo cauterizo mis heridas. Se acallan los fantasmas y un silencio reconfortante deja mi mente vacía. En paz. Es el momento de despedirnos, de pasar página. La última contigo.>>

Susurra nuestro secreto a mi oído.
-Me gusta todo lo que haces. Nunca lo olvides.
Y de la mano subimos la escalerilla del tren interestelar.




Ayanta Barilli





La mía, mi madre.

lunes, 1 de abril de 2019

40 años.

 Aquí estoy a pocas horas de cumplir 40, yo que soy muy maniática para estas cosas, esperare hasta las 7 de la mañana que es la hora en que...